Venía apretado, sudando y triste, escuchando People Have The Power de Patti Smith y pensaba en esa escena de subte línea D. La gente tiene el poder.
Pienso que ninguna historia tiene final conclusivo. Al menos, en 29 años de vida que llevo vividos, no recuerdo que algo tenga un feliz final de temporada. Todo es un final inconcluso o infeliz. Y durante la temporada, lo que no es un obstáculo, es una esperanza que se pierde de un momento a otro.
Claro, hablo de lo laboral, de lo económico. Pero el poder que tiene esa zona en la vida de todos nosotros es inmenso. Yo vivo en la zona en que el problema es económico, laboral o misteriosamente kármico, la zona en que me veo haciendo las mismas cosas una y otra vez y no consigo resultado alguno, la zona en que analizo la situación en la que me encuentro, trazo un plan y cuando lo llevo a cabo, nada sale bien o se estanca (que es lo mismo que salga mal). Vivo en la zona donde todo es un comienzo, planear algo nuevo, una salida, un agujero en la pared para respirar, y donde te volvés a llenar de ideas y subjetividad. Vivo en la zona del fracaso constante, donde lo romántico de la esperanza suena repetitivo.
Estuve en una entrevista en el Instituto Americano para un puesto administrativo. Fue la entrevista más corta de mi vida. tres minutos. Máximo cinco: pasé de la esperanza a la tristeza en menos de un minuto.
Entré, me presenté y me preguntó sobre mi experiencia laboral. Le comento que tengo experiencia en el área administrativa ya que trabajé en una escuela de arte y como profesor de Diseño Gráfico. Me dijo que el trabajo es muy simple y que lo podría hacer a la perfección pero es un trabajo de 9 a 18 de lunes a viernes y los sábados de 9 a 13, $3500 y no me dejaría tiempo para dedicarme a mis cosas.
El tipo asumió que yo buscaba un trabajo part-time para continuar con otras tareas, supongo. Tal vez, algo referido a mi carrera. Pero yo estoy muy interesado en la propuesta, le digo. Si ves atentamente mi CV vas a notar que he trabajado en puestos administrativos y operativos toda la vida, y a la par, podía dedicarme a estudiar que es lo que más me gusta. Pero, para estudiar, debo poder mantenerme, le digo. ¿Realmente querés trabajar acá? Este trabajo es una boludez, la paga no es buena... no es que no lo puedas hacer, creo que lo harías perfectamente, me dice, pero no sé si es para vos. ¿Por qué querés trabajar acá? Necesito sobrevivir y me siento cómodo en este tipo de trabajo, le repito.
Bueno, dejame ver, me dice. Hoy, alrededor de las 18 voy a llamar a la gente seleccionada. Pero no te puedo prometer nada, la verdad, me dice.
Y me fui. Es todo tan injusto conmigo y con mucha gente. Llevo días apostando, preparándome para esta entrevista: lustrar los zapatos, elegir la ropa, usar gel, afeitarme, aprender el camino hacia el lugar, preparar mi discurso, etc. Y claro, también invertí mi tiempo y el poco dinero que me queda en viajes, por ejemplo.
Cualquiera podría decir que lo mío es contínua queja, que alguien bien plantado en la vida, no sería tan llorón. Porque la vida es eso: es una inversión, las cosas salen mal y tenés que continuar, tenés que sobrevivir sea tu empresa un éxito o un fracaso. Estamos de acuerdo: las cosas salen mal y hay que continuar. El tema es hasta cuándo uno quiere o puede continuar intentando.
Y ahí viajaba yo, parado en una esquina, mirando a la gente que comparte subte, que van hacia sus trabajos cada día. Me los cruzo de vez en cuando, cuando voy a alguna entrevista.
Así que, así fue.
Saludos,
Muy Desempleado.